Decía Julian Barnes en su obra El loro de Flaubert:

¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros? Flaubert quería que bastasen: pocos escritores han creído con tanta firmeza en la objetividad del texto escrito y la insignificancia de la personalidad del escritor; y aun así, seguimos desobedientemente a nuestro aire.

Quizá no podemos desligar obra y obrador; quizá no baste, ¿verdad? De algún modo, recabar en la vida de la figura intenta volver más nuestras aquellas obras que dejaron un pedazo de ser a la posteridad y, aun así, seguimos condenados a conquistar una porción muy breve de la lectura y el contexto.

Seguimos creyendo que entender la obra implica entender al escritor, como dijo Barnes, sin tener presente que el mensaje no solo recae en lo que se dijo y lo que se obvió, sino también en la perspectiva a través de la que se recibe. Quizá por ello nunca es suficiente. Pero hay que admitir que también es divertido imaginar las manías y las filias de un metódico Isaac Asimov, trabajando ocho horas todos los días sin importar que fuera lunes, sábado o fiesta de guardar, o al japonés Haruki Murakami, quien abandona las sábanas a las cuatro de la madrugada para ponerse a escribir. ¿Son los más raros? Todo lo contrario. En serio.

Algunos necesitan vestirse (o desvestirse)

Por ejemplo, Alejandro Dumas (El conde de Montecristo,1844vestía una sotana roja y unas sandalias como único modo de conseguir una prosa excelente; Honoré de Balzac se cubría con ropas de monje blancas e iniciaba su jornada laboral a medianoche.

De igual modo, peor parecía Víctor Hugo (Los miserables, 1862), pues se desprendía de toda su ropa para obligarse a escribir y daba estrictas órdenes a los criados de que no se las devolviesen hasta que pasase un tiempo concreto.

Otros… siguen una rutina muy dura

Ya hemos citado a Haruki Murakami, ¡pero los hay peores! Por un lado, están escritores como Stephen King, el cual mantiene día tras día una rutina inflexible al acostarse y al levantarse; por el otro, estaba José Saramago, quien escribía un máximo de dos folios por día, o Philip Roth, quien escribe cuando le apetece o le viene la inspiración, siendo muy irregular en sus hábitos.

También los hay con fetiches y costumbres…

Vargas Llosa escribe en su biblioteca rodeado de figuras de hipopótamos; Schiller necesitaba tener los pies en remojo e Isabel Allende utiliza conjuros y fetiches para escribir como, por ejemplo, empezar siempre sus novelas un 8 de enero. 

Mario Vargas Llosa es un fanático de los hipopótamos.

Mario Vargas Llosa junto a un simpático miembro de su colección de hipopótamos.

Pablo Neruda (Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924escribía en verde; Jorge Edwards (El inútil de la familia, 2005) en cualquier tipo de papel, pero Antonio Tabucchi solo podía hacerlo en cuadernos escolares. Los clásicos tampoco tienen desperdicio: Rosseau escribía al aire libre y Montaigne en una torre abandonada, mientras que Hemingway cargaba con una pata de conejo raída en uno de sus bolsillos para inspirarse.

Ahora os toca a vosotros. ¿Conocéis otras particularidades de vuestros escritores y escritoras favoritos?