Rosetta fue el nombre que recibió la ciudad egipcia de Rashid durante las expediciones napoleónicas de finales del siglo XVIII. El enclave portuario, localizado a poco más de sesenta kilómetros de Alejandría, pasaría a la historia universal con el descubrimiento de la Piedra de Rosetta, una tablilla de granito que contenía el mismo texto grabado en tres lenguas: egipcio jeroglífico, egipcio demótico y griego. Su belleza cautivó a sus descubridores, mientras que su utilidad se mantuvo oculta durante décadas; gradualmente, numerosos estudios permitieron revelar las claves de la escritura jeroglífica, cuyo conocimiento se había perdido a finales del Imperio romano.

El descubrimiento del egipcio jeroglífico, primero por parte de aquel destacamento francés y, a posteriori, a través del estudio y el análisis constante, oculta otro de los temas más reveladores que deja entrever la tabla: la importancia que la sociedad antigua daba a la comunicación entre culturas hasta el punto de grabar en piedra ese conocimiento. Por lo tanto, la Piedra de Rosetta es prueba fehaciente de que la actividad e incluso el oficio del traductor ya se desarrollaban en épocas anteriores, aunque probablemente, como ocurría durante la Edad Media, las connotaciones del ejercicio fuesen notablemente divergentes.

Napoleón y sus expedicionarios encontraron en Rashid una tabla de granito que fue la clave para dar sentido al egipcio jeroglífico.

Napoleón y sus expedicionarios encontraron en Rashid una tabla de granito que fue la clave para dar sentido al egipcio jeroglífico.

El término “traducción” proviene de la lengua latina (traductionis, que significa “hacer pasar de un lugar a otro”) y lleva implícita la necesidad de comprender un mensaje para trasladarlo hacia nuestro idioma de destino. Siglos atrás existían notables divergencias, entre las que destacan las traducciones “en equipo”, o sea, la traducción en grupo, al estilo de las Cortes de Toledo y, de igual modo, las adaptaciones o filtros que los traductores imponían; como anécdota, el escritor argentino Jorge Luis Borges consideró durante toda su vida que la traducción de época medieval debía leerse como una recreación donde el traductor o intérprete infundía su ser en la misma.

En la actualidad, los textos de origen y destino buscan las equivalencias textuales y contextuales que debe comunicar el mensaje, respetando siempre la fidelidad del mismo y, de igual modo, tienen presente  que todo mensaje puede requerir de una adaptación, en especial, en determinados entornos como el audiovisual.