Cuando me preguntan a qué me dedico y contesto que soy traductor autónomo, tras el «ah, qué bien» inicial, suelen venir una serie de preguntas o comentarios sobre mi horario y mi jornada laboral, o sobre mi uniforme de trabajo. No todo el mundo entiende muy bien en qué consiste exactamente el trabajo del traductor, más allá de verter palabras de una lengua a otra. De modo que, en este post, y en los que espero que sigan, intentaré aclarar cómo es la vida del traductor autónomo; bueno, más bien la mía: cada uno habla de la feria según le va en ella.

A pesar de que los medios insistan en las bondades del teletrabajo y el incremento de esta modalidad laboral, lo cierto es que, fuera de sectores como el del diseño gráfico o web, la traducción y otros servicios editoriales, que las empresas suelen subcontratar a profesionales externos, el trabajar desde casa sigue sin estar tan extendido como cuentan, y mucha de la gente que conozco por primera vez, siente curiosidad por saber cómo vivo y trabajo.

Lo que más suele llamar la atención es el hecho de que trabaje en casa. Con el tiempo, he llegado a pensar que puede que sea la misma expresión en casa la que viene a confundir al personal. Véanse, así, expresiones como estar como en casa, sentirse como en casa o como en casa de uno, en ningún sitio, tan comunes en nuestra lengua, y que pueden hacer creer que el trabajo del traductor autónomo es algo menos serio o relajado, puesto que se hace en casa cómodamente.

Cuántas veces habré escuchado lo de: «Ah, trabajas en casa… ¡Qué suerte! Estarás todo el día en pijama».  Y alguna noche entre semana que se alarga más de la cuenta, a la hora de decidir si tomamos o no la última caña, cuando llega el momento de decir: «No, mañana trabajo», no es raro tampoco escuchar como réplica: «¡pero si tú te levantas cuando quieres!»

Traducir por cuenta propia

Son ya más de doce años los que llevo dedicados profesionalmente a la traducción y, si bien en un principio, como suele ser habitual, solía compaginarlo con otros trabajos, lo cierto es que siempre me he tomado muy en serio lo de ser traductor profesional.

El horario de trabajo del traductor

Trabajen por cuenta propia o colaboren con agencias, la mayoría de los traductores intenta adaptar sus horarios de trabajo al entorno comercial.

Así, aunque al terminar la universidad me atraía la idea de entrar a formar parte de la plantilla de alguna agencia o empresa de traducción, pronto tuve claro que, si empezaban a llegar los encargos de manera fluida, permitiéndome abandonar el pluriempleo inicial (he dado clases de inglés y francés, he trabajado como teleoperador de siniestros de seguros o como dependiente en las tiendas duty free del aeropuerto), la figura del autónomo era la ideal para mí.

Por eso me he dedicado siempre a ello con la misma seriedad que si tuviera que acudir a un puesto de trabajo todos los días. Y eso incluye horarios y, sí, aunque a algunos les resulta difícil de creer, decir adiós al pijama cada mañana nada más salir de la cama, salvo en domingo, que es día sagrado.

En mi opinión, el trabajo del traductor tiene mucho de vocación, no solo por el oficio en sí, sino también por el modo de vida que suele acarrear, ya que la mayoría de nosotros no trabajamos en una empresa o en una agencia de traducción, sino que lo hacemos por nuestra cuenta. Sé que muchos traductores sí hacen uso de la prerrogativa de trabajar en pijama, cómodamente en el salón, y a veces incluso con la tele puesta. En mi caso, dudo que hubiera llegado hasta aquí de no haberme fijado desde un principio una rutina, hasta cierto punto, flexible: en casa tengo un despacho en el que solo entro para trabajar; pero, eso sí, una vez duchado y vestido de calle, y en los horarios más o menos habituales en cualquier otro trabajo.

Despacho para trabajar en casa como traductor

Si trabajas en tu casa, reservar una habitación para los encargos que debas atender durante tu jornada laboral siempre es buena idea.

Así contado, yo mismo al leerme veo que no seduce mucho la idea de ser traductor por cuenta propia, pues, aunque yo no los haya mencionado aún, están ahí los inconvenientes obvios que a cualquiera se le pasarán por la cabeza: la inseguridad laboral y la incertidumbre respecto al volumen de trabajo; la mala cobertura social; la autogestión del tiempo y de los recursos; las dichosas declaraciones trimestrales y anuales del IVA y, por si fuera poco, una mínima disciplina horaria (al fin y al cabo, aunque trabaje desde casa, colaboro con empresas y agencias de traducción que llevan un horario comercial normal, y la disponibilidad, en esta profesión, lo es casi todo).

Si has llegado hasta aquí y no eres freelance, como también se nos conoce, te estarás preguntando dónde narices están entonces las ventajas y el atractivo de establecerse por cuenta propia. Podría hablar aquí de la libertad a la hora de escoger proyectos en los que trabajar y cuándo hacerlo o no. Pero esa es una libertad relativa, que depende en gran medida de las épocas y no de la propia voluntad. O podría decir que mañana, si hace buen día, en lugar de trabajar por la mañana podría ir a la playa y ya acabaré la revisión que tenía en marcha por la tarde; pero esto tampoco es siempre factible. O, mejor aún, puedo contarte que probablemente las próximas líneas que escriba en esta página las escriba desde Ammán, adonde me llevarán este verano dos de mis pasiones: viajar y aprender cómo se concibe la realidad en otras lenguas, para intentar trasladarla después a la mía, de vuelta.

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